Retrospectivas del club

La mirada de…

Estas son las miradas de compañeros de nuestro club de cine en Madrid: retrospectivas a título personal sobre películas de siempre, escritas a propósito de nuestras Sesiones. No hablamos de estrenos aquí — para eso está Actualidad — sino de títulos que merece la pena revisitar con calma.

La mirada de Andrea

Tras el cristal

Agustí Villaronga · 1987

Para las amantes del terror, como yo, es fácil entrar a pecho abierto y con morbosa curiosidad en historias como este perverso juego de poder y venganza. Como bien se escucha en la película: «El horror, como el pecado, tiene su fascinación». El monstruo en la vitrina, una (esposa) rubia que fascinaría a Hitchcock y una misteriosa víctima que encarna un pasado dispuesto a perpetuar el mal.

Villaronga expuso con valentía temas que aún hoy resulta difícil tratar: nazismo, pederastia, sadomasoquismo, etc. Con crudeza nos demuestra que cuando la ficción se acerca a la realidad es cuando más cuesta mirar.

Una ópera prima escandalosa, perturbadora e impactante. Intensa e incómoda hasta lo insoportable. Una obra de arte en términos técnicos, en especial gracias a su cuidada fotografía y su atmósfera asfixiante: expresionista, densa, oscura.

Y ya, una película de culto.

Es imposible salir indemne de una película como Tras el cristal.

La mirada de Flavio

Caro Diario

Nanni Moretti · 1993

«Flashdance se llamaba esa película que me cambió rotundamente la vida», confiesa Nanni Moretti en su Caro Diario, primera obra explícitamente autobiográfica del director. Un viaje en tres capítulos que se abre con el melancólico e inolvidable paseo en Vespa, revelando a un Nanni más pensativo e íntimo. La ironía, constante en su cine, nace de los roces entre su visión, “ligeramente” intransigente del mundo, y una sociedad absurda e incoherente, regalándonos momentos de hipérbole memorables. En esta película, además, nos invita a reflexionar sobre lo esencial, a exorcizar las dificultades y, en última instancia, a secundar la vitalidad: cantando y bailando.

No es cierto que una película pueda cambiar la vida, pero sí puede ayudar a cambiar la actitud y la perspectiva, a recorrerla con más ligereza, comprensión, ilusión y, por supuesto, mucha ironía.

La mirada de Rafa

In the Mood for Love

Wong Kar-wai · 2000

Hay películas que, por alguna extraña razón, atraviesan tu inconsciente y acaban por definir la manera en que sientes el mundo. In the Mood for Love es más que cine; es sensibilidad, es elegancia, es una forma de habitar la vida desde la memoria. Narra el encuentro de dos personas destinadas a cruzarse, pero incapaces de transformar su amor en algo tangible.

La película se despliega como una ensoñación constante, una melancolía cuidadosamente estilizada que difumina los límites entre la realidad y el recuerdo, entre lo que fue y lo que pudo haber sido. Wong Kar-wai es el maestro de un universo propio, único e inigualable, suspendido en un delicado equilibrio entre Oriente y Occidente, donde el tiempo, el deseo y la ausencia convierten el cine en pura emoción.

La mirada de Gabriela

Mommy

Xavier Dolan · 2014

Pocas veces se tiene la oportunidad de seguirle la filmografía a un autor con el que se conecta tanto desde sus inicios.

Y aunque “Mommy” sea su quinta (y hasta ahora mejor recibida) película, logra englobar muchos de los temas que lo han acompañado desde aquel estreno en Cannes en 2009 con “Yo maté a mi madre”, su ópera prima.

La adolescencia, y la vorágine de emociones que la atraviesa, el ser un outsider, el duelo, la familia disfuncional, entre muchos otros; además de la evidente obsesión por la relación materno-filial, conforman algunas de las fijaciones que llevaron a un joven actor de Québec a explorar la dirección desde un lugar tan cercano —por venir del mundo de la actuación—, como profundamente personal.

El bautizado enfant terrible, que se convirtió en un autor absoluto con apenas 19 años al escribir, dirigir, producir y protagonizar su primer largometraje, no se considera necesariamente un cinéfilo consagrado.

Sus referencias son, más bien, bibliográficas, pictóricas y teatrales, afición que se evidencia con naturalidad en su filmografía, además de un vínculo claro con el imaginario de la cultura pop.

Desde ahí, Xavier Dolan construye un relato visual y sonoro tan genuino como él mismo. Distanciándose por segunda vez del frente de la cámara, imagina un Canadá ficticio en el que los padres pueden, amparados por una polémica ley, ceder la custodia de sus hijos cuando estos presentan condiciones que exceden sus capacidades de crianza o sus recursos.

Así se nos presenta a la icónica Diane “Die”, una mujer viuda que decide hacerse cargo de su hijo adolescente, Steve, después de que este hiera gravemente a otro chico en el internado donde vivía.

“¿El amor de madre lo cura todo?” se instala como el gran dilema desde los primeros minutos. Ante esta premisa, Dolan opta por retratar a sus personajes desde lo claustrofóbico: una relación de aspecto tan estrecha como los vínculos que desarrollan entre sí.

Un formato que encuadra, encierra, limita. Que nos obliga a mirar de cerca, a habitar su psique, a entenderlos. Y que, llegado el clímax, se abre para regalarnos uno de los momentos más luminosos y sinceros de la película: Steve mostrándonos, literalmente, cómo se siente en ese instante, finito, pero valioso.

Luego, con la llegada de la carta con acciones legales por parte de la familia del niño herido, regresamos a una realidad donde los recursos son escasos, las herramientas insuficientes, y donde aparece una solución —al menos para Die— que le permite hacer lo que cree correcto.

Porque Die, una mujer que apenas empezaba a rehacer su vida tras la muerte de su marido, sin amistades, sin apoyo, pero optimista, termina por reconocer que no puede con todo sola.

Y Kyla, espejo silencioso de Diane, encuentra en esta dinámica una vía para enfrentarse a su propio duelo.

Este triángulo casi homoparental, destinado al fracaso, reúne a tres misfits, cada uno empujado hacia un destino inevitable. Y aun así, Mommy se sostiene como el retrato de un otoño en el que, por un momento, todo parecía posible.

La mirada de Rafa

Oldboy

Park Chan-wook · 2003

El año 2003 marcó un antes y un después para el cine surcoreano. Casi al mismo tiempo, tres directores clave daban vida a sus primeras obras maestras: Kim Jee-woon filmaba Two Sisters, Bong Joon-ho dirigía Memories of Murder y Park Chan-wook daba forma a Oldboy. Estas tres piezas fundamentales se estrenaron de forma escalonada entre 2004 y 2005, cerrando el ciclo con el impacto de Oldboy.

Ver Oldboy en aquella época suponía un shock absoluto. Aunque el público ya empezaba a familiarizarse con el cine asiático, sus giros de guion, la banda sonora, la crudeza y ese desquiciado clímax rompían cualquier esquema previo. Era el despertar de una cinematografía que se asomaba al mundo con fuerza, iniciando una fiebre global por los thrillers coreanos de suspense y venganza. La genialidad de la película residía en su indiscutible libertad creativa y en la maravillosa incertidumbre de no saber hacia dónde te llevaba la historia.

Este cine derrochaba elegancia visual, violencia sin censura y finales que dejaban completamente helado. En el fondo, recuperaba la energía del mejor cine de acción estadounidense de los 70, 80 y 90, pero libre de filtros morales, estéticos y límites comerciales. A la vez, tomaba el relevo del monopolio del cine de acción asiático que durante décadas había liderado la industria de Hong Kong de la mano de John Woo, Johnnie To, Tsui Hark, Ringo Lam y compañía.

Es verdad que parte de la producción coreana actual se ha estandarizado bajo el molde de Hollywood, pero el panorama nos sigue regalando joyas anuales mientras contemplamos la madurez de sus grandes maestros.