Pocas veces se tiene la oportunidad de seguirle la filmografía a un autor con el que se conecta tanto desde sus inicios.
Y aunque “Mommy” sea su quinta (y hasta ahora mejor recibida) película, logra englobar muchos de los temas que lo han acompañado desde aquel estreno en Cannes en 2009 con “Yo maté a mi madre”, su ópera prima.
La adolescencia, y la vorágine de emociones que la atraviesa, el ser un outsider, el duelo, la familia disfuncional, entre muchos otros; además de la evidente obsesión por la relación materno-filial, conforman algunas de las fijaciones que llevaron a un joven actor de Québec a explorar la dirección desde un lugar tan cercano —por venir del mundo de la actuación—, como profundamente personal.
El bautizado enfant terrible, que se convirtió en un autor absoluto con apenas 19 años al escribir, dirigir, producir y protagonizar su primer largometraje, no se considera necesariamente un cinéfilo consagrado.
Sus referencias son, más bien, bibliográficas, pictóricas y teatrales, afición que se evidencia con naturalidad en su filmografía, además de un vínculo claro con el imaginario de la cultura pop.
Desde ahí, Xavier Dolan construye un relato visual y sonoro tan genuino como él mismo. Distanciándose por segunda vez del frente de la cámara, imagina un Canadá ficticio en el que los padres pueden, amparados por una polémica ley, ceder la custodia de sus hijos cuando estos presentan condiciones que exceden sus capacidades de crianza o sus recursos.
Así se nos presenta a la icónica Diane “Die”, una mujer viuda que decide hacerse cargo de su hijo adolescente, Steve, después de que este hiera gravemente a otro chico en el internado donde vivía.
“¿El amor de madre lo cura todo?” se instala como el gran dilema desde los primeros minutos. Ante esta premisa, Dolan opta por retratar a sus personajes desde lo claustrofóbico: una relación de aspecto tan estrecha como los vínculos que desarrollan entre sí.
Un formato que encuadra, encierra, limita. Que nos obliga a mirar de cerca, a habitar su psique, a entenderlos. Y que, llegado el clímax, se abre para regalarnos uno de los momentos más luminosos y sinceros de la película: Steve mostrándonos, literalmente, cómo se siente en ese instante, finito, pero valioso.
Luego, con la llegada de la carta con acciones legales por parte de la familia del niño herido, regresamos a una realidad donde los recursos son escasos, las herramientas insuficientes, y donde aparece una solución —al menos para Die— que le permite hacer lo que cree correcto.
Porque Die, una mujer que apenas empezaba a rehacer su vida tras la muerte de su marido, sin amistades, sin apoyo, pero optimista, termina por reconocer que no puede con todo sola.
Y Kyla, espejo silencioso de Diane, encuentra en esta dinámica una vía para enfrentarse a su propio duelo.
Este triángulo casi homoparental, destinado al fracaso, reúne a tres misfits, cada uno empujado hacia un destino inevitable. Y aun así, Mommy se sostiene como el retrato de un otoño en el que, por un momento, todo parecía posible.